Cierto tiempo existió un niño que poseía un gran tesoro, tener un amigo que lo sabía todo, cualquier cosa que áquel le intentara decir, éste ya lo sabía.
Cansado de esta situación, el niño quizo poner a prueba a su amigo y con ambas manos cogió un pequeño saltamontes, fue junto a su amigo y le dijo:
-¡Querido amigo!, en mis manos tengo un pequeño saltamontes, tú que crees, ¿vivirá o morirá?.
Su amigo que lo sabía todo le dijo:
-Si te digo que vivirá, lo aplastarás y morirá, pero si te digo que morirá, lo dejarás escapar y vivirá.
Al comprobar la sabiduría de su amigo, el niño abrió las manos y dejó escapar al saltamontes.
En primer lugar exisitió el Caos, una masa informe donde todo estaba mezclado, lo frío con lo caliente, lo seco con lo húmedo, el fuego con el agua, la tierra con el aire.
El Gran Artífice decidió que es imposible que esto fuera útil y viable, por eso decidió separa los pares de elementos y así creó la Luz, representada con la gran luminaria celeste, el Sol, junto con sus hermanas pequeñas, las Estrellas . Y por supuesto, a su opuesto la Oscuridad, representada con la Noche, las Tinieblas y las Sombras
Pero al ver que estos dos opuestos no podían albergar a los demás elementos, decidió crear a la Tierra, la de amplio pecho, en el que acoge la vida. Su opuesto fue el Cielo, al que algunos llamaron Urano, que está siempre dispuesto a cubrir y fertilizar a la Tierra, por eso se unieron para toda la eternidad, y cuando el Cielo fecunda a la Tierra, esta florece y da vida. De esta unión nacieron las altas Montañas, fortalezas casi inespugnables, los frondosos Bosques, las Flores de sutil fragancia, en definitiva, toda la vida vegetal.
Pero el Gran Artífice decidió que la Tierra y el Cielo no podían ocupar todo el Universo, de aquí que diera forma a los Ríos caudalosos, los tranquilos Lagos, los Mares y los amplio Océanos. Y junto a estos con el aire creó el Éter, es decir el aire que todo ser necesita para vivir.
Sin duda alguna se alegró en demasía al comprobar su creación pero se entristició al ver que sólo habitaba en ella vegetación, por eso decidió dar forma a la vida animal, para ello mezcló un poco de los cuatros elementos principales, el agua, el aire, la tierra y el fuego, de esta mezcla nacieron los primeres seres vivos, que al cabo del tiempo, se transformaron en las aves del cielo, las bestias marinas y terrestres.
Pero aún así la creación no estaba completa, faltaba un último ser, sin duda alguna, el más importante, el ser humano. Para crearlo necesitó de todo su ingenio y sabiduría, pero finalmente decidió que estos surgieran de una evolución de los primeros seres, pero a éstos, lo humanos en su doble vertiente, hombre y mujer, les otorgó un gran don, la capacidad de decidir por sí mismos.
Todos los seres habitarán en la Tierra y se iluiminarán gracias a las luminarias celestes, se alimentarán, procrearán y llegado el momento volverán a reunirse junto con el Gran Artífice.